La fuerza del ejemplo en la educación digital de los menores

En el POST #14 de la Serie Menores en Internet, os dejamos un nuevo artículo del gran experto en educación digital, Armando Ojeda. En esta ocasión aprenderemos sobre la enorme importancia que tiene el ejemplo que damos a los jóvenes a la hora de enfrentarse a las nuevas tecnologías. ¡Que lo disfrutes!

El problema de la educación digital

La preocupación creciente en el entorno educativo alude directamente al transitar de los adolescentes por los espacios digitales. Problemas recurrentes relacionados con la privacidad auto-vulnerada por la audiencia más joven, la entrega de este público tan entusiasta a las plataformas sociales, el acceso prematuro al móvil y otra suerte de dispositivos y, en los casos extremos, el denominado ciber-acoso u otras situaciones extremas que requieren una intervención directa del Derecho Penal.

niño Internet

La realidad ha corrido mucho más rápido que el modelo educativo, y supera al entorno familiar. Y lo que es más contundente aún: seguirá haciéndolo a un ritmo vertiginoso y de forma inevitable. Es lo que hay en cuanto a desarrollo tecnológico: nadie va a parar el proceso en lo que atañe a la evolución de dispositivos cada vez más capaces, plataformas sociales complejas y ‘gaming’ a un sofisticado nivel que supera cualquier expectativa que alguna vez pudimos haber tenido los que trasteábamos con el Spectrum y sus juegos cargados en cintas de casete.

Una solución a medias

Entre medias, por supuesto, el sistema educativo irá modelando sus mecanismos para restringir, enseñar y, en la redundancia que le define, educar en el uso correcto de estas herramientas. Lo previsible será, no obstante, que lo hará de forma más lenta que el propio alumnado a la hora de sacar partido a los espacios digitales. 

También es de esperar que las marcas que impulsan esas plataformas implementen mecanismos de control en lo que respecta a sus usuarios más jóvenes, bajo la presión social e institucional. Y que el marco legal global vaya incorporando normas que busquen garantías a la hora de proteger a la juventud (y no sólo a ella), aunque también con márgenes que bien podrían estar definidos por el sector privado que desarrolla la tecnología en cuestión.

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¿Es demasiado oscuro el panorama?

No necesariamente. En un ejercicio de perspectiva, el móvil, las redes sociales o los videojuegos han puesto de manifiesto carencias básicas en la Educación que tenemos. Educación con mayúscula y en el sentido más básico posible: ¿o es que usuarios y usuarias bien educados interactuarían por definición con una peligrosa despreocupación, propinarían insultos digitales a la mínima oportunidad o agregarían contactos desconocidos a la ligera tal como lo percibimos hoy, por muy nuevas que puedan ser las redes sociales?

Siendo críticos, se han perdido maneras y pautas básicas en la interacción social (digital y analógica) que, por otra parte, bien pueden recuperarse o actualizarse a través de estas plataformas contemporáneas, que tanto interesan a los más jóvenes. Es más, son una muy buena excusa para introducir esas pautas educativas esenciales que deben regir en cualquier sociedad mínimamente saludable.

Hacer los deberes con niños

Establecida una frontera necesaria para restringir el uso de dispositivos y plataformas al público pre-adolescente, en lo que atañe a sus antecesores quizás la tarea no sea posible sin educar también a las familias. Y esto no es cuestión menor.

De hecho, atribuimos las culpas al móvil o las redes con demasiada alegría si hablamos de malos hábitos en los espacios digitales. Estos ingenios que dominan nuestra vida cotidiana en la última década han llegado de forma tan súbita al día a día de padres y madres como a su prole. No se trata de identificar negligencias en la asimilación de la tecnología por parte de hijos e hijas (o alumnos y alumnas), y sí de concretar pautas ineludibles para mejorar el escenario actual. Y construir un futuro con mejor cara.

La fuerza del ejemplo en el entorno familiar

Así, la primera norma no escrita que tal vez debamos asumir es la fuerza que tiene nuestro ejemplo en el entorno familiar. Unos padres apegados al móvil en todo momento dentro de cada casa pierde mucha autoridad si luego quiere restringir el uso del mismo dispositivo a su adolescente, reprenderle porque está más pendiente del cacharro en cuestión que del almuerzo que todos están disfrutando o azuzarle porque ha agregado contactos poco recomendables en sus redes (cuando los mayores a menudo caen en el mismo error en las suyas).

Predicar con el ejemplo es un buen comienzo para adecuar a los más pequeños en su inevitable inmersión en el universo digital. Establecer horas de desconexión en casa (para todos), compartir la mesa sin estar pendientes de los mensajes (todos) o reservar un pequeño recipiente para dejar los móviles (de todos) llegada una hora pueden convertirse en pequeños hábitos que mejoren la comunicación analógica dentro del hogar. La de toda la vida. Los adultos, en este caso, deben liderar estas medidas con su propio comportamiento.

Un artículo de: Armando Ojeda


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