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Educación: espacios digitales y lugares comunes

¡¡Buenos días!! Aquí tienes la décima entrada de la serie Menores en Internet. Entrevistamos a Armando Ojeda, periodista con experiencia en gestión y creación de contenidos. Docente y experto en educación en redes sociales e Internet dirigida a jóvenes, profesores y familias. Ahí es nada. ¡Que lo disfrutes!

Madre, padre, docentes… Si se ejerce de ello, en cualquiera de los casos, la sensación general que se percibe es que el mundo va demasiado deprisa cuando conectamos ciertos conceptos: espacios digitales y menores de edad. En efecto, la acelerada evolución de dispositivos, conectividad, plataformas sociales y la retroalimentación constante entre todos estos universos genera desazón, intensos miedos (fundados o no) y un reflejo a rechazar cualquier conocimiento extra sobre el asunto. En más de un aspecto, la tecnología se nos ha ido de las manos: demasiado compleja y cambiante como para sentirnos confiados con nuestros hijos o estudiantes.

Indudablemente, el fenómeno ha desatado situaciones de grave riesgo para los jóvenes. Pero también para los adultos, que también nos entregamos a la engañosa inercia de simplificar estos nuevos problemas recurriendo a los tópicos. Los lugares comunes que milagrosamente simplifican el conflicto al que se ha expuesto la educación con la exposición a esos espacios digitales, definidos por la constante de internet y los ingenios que utilizamos para conectarnos.

Así, surgen ideas preconcebidas que se instalan en la perspectiva adulta, que pueden resultar nocivos ya en un futuro inmediato. Aún asumiendo que el móvil, las redes o los videojuegos demandan un ejercicio de control y supervisión en la comunidad educativa. Para guiar a los jóvenes de forma adecuada, precisamente, es recomendable desterrar esos lugares comunes. Y aquí van sólo tres ejemplos:

1. Los jóvenes dominan con naturalidad TODA la tecnología

Falso. Muchos docentes saben de qué hablo cuando descubren que sus alumnos son manifiestamente torpes con el manejo de procesadores de texto o búsquedas complejas en internet. De hecho, el ordenador de sobremesa se ha convertido en prescindible en sus cartas a los Reyes Magos (salvo que hablemos de verdaderos gamers, usuarios intensos de videojuegos). Antes está el móvil o la consola. ¿Por qué están tan al día entonces?

Las redes sociales, la exposición a la información en estas plataformas alternativas a los medios convencionales, donde los jóvenes pueden encontrar fuentes emisoras acordes a sus intereses, explican esto último. Sí, la juventud domina con prestancia de usuario avanzado los sistemas operativos móviles, la interconexión directa con sus modelos de conducta. No necesitan más.

2. La nueva tecnología es insalubre para la juventud

¿De verdad?¿Para qué juventud? Como educador la experiencia me ha demostrado que no es recomendable facilitar el acceso a las pantallas y las plataformas sociales a edades tempranas. De hecho, hay una frontera legal, la de los 14 años, que define el momento en el que los jóvenes tienen derecho a compartir sus datos. Antes, por lo general desde quinto o sexto de primaria, ellos y ellas ejercen una fuerte presión sobre sus familias para acceder al móvil. A veces se puede resistir. Otras, es más complicado. En esos casos es imperativo el control parental.

Pero por encima de los 14 años resulta difícil contener el impacto de la tecnología en los jóvenes. Si no tienen su perfil de Instagram porque no pueden tener móvil lo abrirán en el dispositivo de un tercero. Ese es el peor desenlace posible para una política familiar de restricción absoluta. Y en la adolescencia avanzada el horizonte de los espacios digitales se convierte en un campo necesario para el aprendizaje superior o el desarrollo de futuras carreras profesionales. También en un nuevo universo donde desarrollar inquietudes, obtener información, encaminar vocaciones. ¿Solución? Educar en los riesgos, el uso responsable, la identidad digital. Algo que, por cierto, agradecerían también muchos adultos.

3. Prohibir es la solución

De nuevo, es necesario evaluar la edad para prohibir. Muchos centros, por ejemplo, ya han restringido el uso de los móviles en el centro. Y no es una mala idea. Pero ese desempeño del poder de la escuela no acaba con unos escenarios que se prolongan fuera de sus muros. En especial, en la adolescencia. Hace tiempo que se han definido unas competencias digitales que, por otra parte, no parecen casar bien con la restricción pura y dura. A ciertas edades, insisto. En la ESO empieza a resultar urgente adoptar proyectos sólidos de educación digital, más allá de cómo saber buscar en la red o emplear los dispositivos para resolver los problemas de clase. Que puede estar muy bien. Aunque personalmente creo que es preciso formar usuarios responsables, que sepan cuidar su seguridad y su privacidad, conocer los límites y las posibilidades del entorno digital. Y trasladar esa cultura saludable en su propio círculo (y los que vengan detrás). ¿La verdadera solución? Educar.

Armando Ojeda
Profesional en comunicación, educación y formador digital
Autor del manual didáctico Educación Digital. Tu identidad en las redes (Mercurio, 2015)

 


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